Publicado el 23/02/2021 Por Dios

Bella y sola: Julieta, la acompañante desnuda y milagrosa. Parte 1

Un ángel se desnudó ante mí en plena avenida Santa Fé; la encontré en las calles primero desnuda de alma, y luego ya sin ropas, e hicimos el amor. ¡Nunca tuve ni vuelva quizá a tener una noche así en Buenos Aires! Y sí puedo afirmar que a cualquiera podría ocurrirle de encontrarse con la joven más bella y fogosa, a la inocencia mas sensual y arrebatada de la ciudad; si puedo dar fe de que tan de desprovisto y sin ningún arte o esfuerzo, logré incluso probar aún el dulce fruto de su sexo, y la pompa de sus celestiales nalgas, ¡es porque en efecto me ocurrió a mí! ¡A mí que jamás hubiese tenido el valor de enfrentar a una chica como ella!, si no se hubiese acercado primero ella a mi, desde luego. Si, con ardor viví el sexo mas sublime con una chica casi 30 años menor que yo y que acababa de conocer; yo, el varón más desafortunado en toda la ciudad. Desafortunado hasta aquel momento, por supuesto. Ahora verán por qué; comenzaré por el principio.

Ya no importaba hacia donde fuera. Florencia, mi ex mujer, me había dejado sin nada, todo me había arrebatado salvo su expresión de arpía. Ni quería acordarme como era desnuda. Se tornaba en cada pelea más severa; no se trataba del departamento o de los chicos. Claro que miento: estaba cómodo en aquel departamento. Y por supuesto que amaba a mis hijos y que sentía temor por ellos y por nuestro futuro. 

Pero no había manera de que yo pudiese advertir lo que me depararía esa misma noche, y a quien yo conocería. No sospechaba que viviría los días más fervientes de mi vida. Y hayan arribado o no por obra del destino, no tenía idea que aquel futuro acechaba tras el momento gris que estaba atravesando.

Tenía roto el corazón, la frialdad en la mirada de mi ex esposa poco tenía que ver con aquella mujer de quien yo me había enamorado. Apenas se comunicaba conmigo, y si lo hacía demostraba distancia, era enfáticamente indiferente; desde luego ello me desquiciaba y me arrancaba yo mismo los pelos desahuciado.

Ni siquiera ganaba ya nada de nuestras fuertes discusiones de pareja, no lograba procurarme ni la satisfacción de una venganza verbal, ella siempre ganaba y me aplastaba; tampoco conseguía el pequeño y mísero placer de no quedar tan mal parado de sus reproches con alguna argucia. Se me hacía imposible en nuestras discusiones llegar a acertar como estocada alguna pequeña culpa que pudiera afectarla. Quien había sido alguna vez “mi mujer” tenía ya el corazón y la piel de frío hierro.

Al discutir con ella siempre me dejaba tan decepcionado de mi mismo que… no, esperen, no voy a seguir quejándome ¿Qué sentido tiene?. Después de todo, esa era desde luego la habilidad de mi esposa: disminuirme hasta evidenciar que yo no era más que un animalejo. Dije esposa, me corrijo, ex esposa; vieja costumbre; y desde luego la costumbre hace al hombre. Pero según Florencia, mi ex, era un prejuicio el que yo fuera siquiera un hombre.

Hombre o no, me encontré ese mismo día a Julieta. Despertó en mi unas lujuriosas ganas de estar vivo y me enrolló en las situaciones mas insolitas. Cuando revele el éxtasis escandaloso del fin del relato entenderán por qué no estoy loco al decir que si no me la hubiese encontrado aquella noche, noche por demás eterna en mi memoria; si no me hubiese encontrado a aquella santa, “¡lujuriosa y santa!”, cómo exclamé al verla por la calle Santa Fe; (dado que así ha sucedido no me retracto de la redundancia, pues más que nunca vale) no hubiera podido, si me hubiera perdido de la suerte de toparme con ella, evitar arrojarme de los pelos a la fatalidad.

El que yo padezca bastante la calvicie me hubiera dejado difícil la tarea, así es, pero no imposible. Sepan disculpar que haga humor de mi calvicie, ¿cuando se termina uno de reconciliar con ella?. No es que crea que tal situación sea graciosa, pero ¡a la mierda con eso!.

¿De que les hablaba? ¡Pero claro! ¡De ella! Una joven mujer que apareció para remedar mi tragedia, como por arte de los Dioses. Como esculpida por ellos, ¡como bendecida por el manantial de la inocencia! ¡animada por el fuego interior de la lujuria. Su cuerpo angelical desbordaba un aura de obscenidad lasciva, pero en la mayor discreción, ¡pues nadie parecía mirarla, ni notar su presencia! La joven se encontraba sentada en una singular posición. ¡Y me miró a los ojos en el momento exacto, y más que eso!  Ahora les cuento como, déjenme respirar. 

Ella apenas pasaba los 19 años y yo cruzaba irremediablemente los cuarenta.

La divisé a mitad de cuadra por la avenida Santa Fe por la que me venía arrastrando con mi infelicidad a cuestas. Luego de haberla advertido de lejos, bajé nuevamente la mirada, muchas chicas bellas se ven en la ciudad y no había necesidad de tanta alarma. ¡Pobre de mí, nunca me había equivocado de peor manera! Ya pasando al lado suyo alcé la mirada y noté que no se trataba solo de otra muchacha por demás bella; pronto descubriría por qué.

Llevaba un short de jean que dejaba ver unas nalgas firmes y jóvenes que se asomaban; al modo como suele usarse ahora; y una remera que se le hacía muy grande, no parecía que aquella ropa le perteneciera. Uno ve como cada vez más a menudo, se liberan los pechos en las mujeres de la ciudad; los sostenes no sobreviven al tiempo, entran en desuso, y las tetas ¡cuantas veces resaltan bailarinas tras las ropas!, como festejando alegres en sus singulares formas, disfrutando la libertad, la libre caída, y revelándose todas en su pluralidad bella de formas.

Este caso era parecido. Sus pechos tenían una deleitable caída y los pezones rozaban su remera, no llevaba corpiño. Pero quizá si no traía uno puesto, no se trataba del desuso del corpiño en la sociedad, ni por moda, o por comodidad. Esta chica no parecía tener tiempo en aquel momento para pensar en tales cosas. Se notaba que se encontraba a la deriva y alienada. Se encontraba sentada al umbral de una prolongada puerta metálica negra azabache y antigua. Abrazaba sus piernas como hecha un bollo y apoyaba sobre sus brazos su mentón luciendo sin notarlo ella misma, una pose sensual. Miraba hacia el horizonte, pero de seguro sin ver nada. En su desolación, tan parecida a la mía, la vi con ojos llorosos y algo ebria, como ebrio había quedado yo ante su presencia. 

En el momento justo y ante mí me encontré aquel ángel, yo, un lamentado porteño que se sentía más próximo a una cucaracha, ¡y me devolvió la mirada! Me sobresalté, el alma me volvió al cuerpo; o aun mejor, ¡por primera vez tenía yo un alma! 

Apenas contemplé su rostro, noté que a nadie había visto yo jamás con mejores ojos, nadie nunca me pareció como ella tan ardiente, de tan delicada piel y belleza; y especialmente en ese momento, tan profundamente sola. Mi cuerpo sintió vértigo, el sentimiento de haber sido visto por alguien divino, ¡por una santa de la lujuria! Fui invadido por el repentino y ardoroso calor que llenaba mi interior. Estallaba por dentro de mi cuerpo un vigoroso éxtasis de deseo, mi miembro crecía y se estrujaba contra el pantalón. Percibí la situación como si el mismo azar me hubiera arribado a la mismísima diosa de la lujuria, que sentada en un oscuro rincón de la avenida hubiese cruzado, desde vaya a saber qué campos elíseos del sexo, su mirada con la mía. Y cuando me miró sucedió que, por alguna razón que desconocía, ¡parecía que solo tenía ojos para mí!

El cómo pude lograr unos momentos después que esta ardiente jovencita de inexpresable belleza tomase mi mano y me abrazara apoyando en mi sus rebosantes y jóvenes pechos, aun sin saber quien soy, de desprovisto, solo lo sabe quien administra el cielo o el destino.

Aquel ángel en unos momentos se entregaría a mi, desnuda entre las calles, avergonzada a la vez que incentivada por miradas nocturnas. Sí, desnuda ante mí, primero de alma, luego ya sin ropas en el asfalto porteño ¡en pleno Buenos Aires! Su irrupción en mi vida volvió a llenar el cáliz de mi destino, ¡o me corrijo!, de mi deseo. Pero como siempre, me adelanto. 

Cruzamos miradas y la joven no podía creer mi presencia, era como si hubiera encontrado alguien lejano, que no veía hace tiempo; alguien que ella amaba. O como si hubiese arribado quizá su salvador al que tanto estaba esperando, vaya uno a saber uno para salvarla de qué urgencia y desgracia. Y como si aquel a quien esperaba hubiera parecido no venir ya nunca a rescatarla. En cualquiera caso nada de esto era posible, yo no la conocía y estaba seguro que ella no me conocía a mi. Quedé desde luego atónito. 

En efecto, sonrió como la muchacha más feliz del mundo, y su rebosante mueca de alegría libró varias lágrimas que habían nacido por tristeza, que se deslizaron suavemente por sus preciosas mejillas. Tomó mi mano con un deseo eléctrico, se paró y me abrazó secándose sus lagrimas en mi pecho. No tuve el tiempo ni la decisión siquiera para ordenarle a mis brazos devolverle el abrazo. Ella sumamente feliz comenzó a hablarme como si nos hablásemos desde toda la vida.

-¡¿Qué pasó?! ¿Estas bien?- me preguntaba mientras palpaba mi cuerpo, como asegurándose que estuviera completo. -Pensé que no ibas a venir ¡gracias, gracias, gracias!- Dijo con un entusiasmo exaltado. Me apretaba la mano como si quisiese exprimirla. Tomándome de las dos se apoyó nuevamente sobre mi y no pudo evitar sentir mi pene intentando acribillar el pantalón. Se alejó apenas y miró mi bulto. Soltó una risa sonrojada y verdaderamente genuina. Me miró a los ojos como profundamente enamorada y exclamó:

 -¡Tengo todo adentro!- se me paró el corazón, no tenía idea de que hablaba, ni siquiera llegué a expresar nada -Pude conseguirlo para vos, necesito que lo hagamos– 

Simulando discreción rozó con uno de sus dedos mi bulto, que se deslizó por el cuello y la cabeza de mi pene. Puso sus manos en mis mejillas y volvió a darme las gracias. Yo ya deliraba, de lo único de lo que estaba seguro es que no era un sueño.

Miró avergonzadamente hacia el suelo, como ante una figura de autoridad sobrecogedora pero a la que se le tiene respeto y hasta temor, y dijo con media sonrisa, -tengo la tanguita blanca puesta, la que me pediste- Alzó la mirada y confesó con una sonrisa pícara y tramposaPero voy a sacarme todo– y miró al costado avergonzada, como si lo hubiese dicho en voz muy alta. De hecho estuvo cerca del susurro, nadie debía de haber escuchado, pero en efecto ocurrió.

Una señora que pasaba justo por al lado pareció oírla y nos lanzó una mirada de escándalo. Acercándose a mi boca metió sus manos en mis bolsillos traseros apretándome las nalgas. Me dio un suave beso y viéndola de cerca descubrí que su belleza de verdad era deslumbrante, sentí que me derretía. Mi barba pinchuda acribillaba su suave tez. No le importaba, llegó a tal punto que besaba toda mi cara, cada pliegue de ella, y rozaba sus mejillas con las mías. Buscó quitar sus manos de mis bolsillos traseros para agarrarme nuevamente de las manos con fuerza, pero al intentarlo arrastró consigo mis llaves que estaban en uno de los bolsillos y la tiró al suelo.

Avergonzada y algo atolondrada se agachó a tomarlas, con un brazo se aferró a mis piernas, su culo resaltaba y vi como varios transeúntes observaban con sumo interés. Su holgada remera me permitió también ver sus pechos al desnudo mientras tomaba las llaves, y lentamente volvió a levantarse.

Desde un grupo de muchachos grandotes y tozudos soltaron atrevidos piropos, yo ya no era el único que se encontraba excitado. Ella con algo de temor y desconfianza tomó mi mano y me arrastró a la larga y pesada puerta que intentó abrir usando mis llaves. -¡Que tonta soy!- se tapó la boca y comenzó a reírse luciendo su ebriedad. La guardó en su bolsillo en vez de dármela por pura distracción, yo no las reclamé. Sacó las adecuadas e intentó abrir la puerta que se encontraba trabada.

Intentó con todo su cuerpo abrirla. Intenté ayudarla y de verdad era difícil de abrir; ella también continuaba haciendo fuerza entre la puerta y yo, y me encontré apoyándola con todo mi cuerpo, me devolvió una sonrisa pervertida, y ¡zaz! la puerta al fin se abrió caí parcialmente sobre ella, y ella cayó parcialmente dentro del pasillo al que daba la puerta. Esta vez nos reímos los dos y nos adentramos al lugar. Volvió a cerrar la puerta pero estaba todo oscuro, apenas entraban franjas de luz muy tenue.

-No te avisé- me dijo -¡No hay luz! Estuve insistiendo pero no parece que vayan a arreglarla. 

Una ancha escalera conducía hacia un primer piso aún más oscuro y al costado de la escalera un pasillo daba, según parecía a diversas puertas. Subió unos pasos la escalera y se volteó, nos encontrábamos ahora a la misma altura, apoyó sus manos en mi pecho y sonrió nuevamente con una maldad pícara. Se aferró a mis hombros y comenzó a quitarse el short. Es increíble cómo logré sobrevivir ante toda la misteriosa situación a una descompensación, esto era demasiado. La joven terminó de quitarse el short sin haberse sacado las zapatillas, y se quitó la remera. Comenzó a subir la escalera desnuda esperando que la siguiera.

En la oscuridad noté las nalgas mas perfectas que jamás divisé de cerca. Una tanguita de delicada tela y ornamentada se dejaba ver conteniendo su concha. Se frenó y choqué mi cabeza con su culo. –Te dije que también iba a sacarme la tanguita– dijo mordiéndose un dedo, en la otra mano llevaba su jean y su remera. Tambaleándose y sin miedo a caerse, algo atolondrada se quitó también la tanga y me la lanzó en la cara. La tomé y seguimos subiendo la escalera.

Como era de esperar se tropezó y tomé en brazos a la joven desnuda y desconocida que se caía encima mío apoyándome su esponjoso culo en mi panza. Riéndose lanzó desde la escalera hacia el pasillo, casi tres metros hacia abajo toda su ropa. -¡¿Qué estás haciendo?!- Exclamé, creo que fue la primera vez que emití palabra, no tenía idea que ocurría pero ya era demasiado. Sin importar mi pregunta subió varios pasos más ya con mucha vigorosidad, ascendiendo como un cervatillo, completamente desnuda, dejando ver la perfección su silueta, nada mas erótico viví jamás. 

Pero de repente ocurrió lo inesperado. Se oyó el ruido de una puerta abriéndose, y varias personas murmurando. Entre aquellas voces reconocí a dos hombres, quizá una mujer, y una niña y un niño, casi adolescentes, hablando muy despreocupadamente vaya uno a saber de qué. Se me paró el corazón.

¡Se prendió la luz! El grupo de gente seguía hablando y ahora sus voces se escuchaban bien fuerte, retumbaban en todo el lugar. Estaban en planta baja a nuestros costados, solo debían mirar para arriba y se encontrarían con la joven completamente desnuda y yo con su tanga en la mano. La sensual chica que tan atrevida subía desnuda la prolongada escalera se aterrorizó, casi la mata la vergüenza. Sus mejillas tomaron un color escarlata y se apuró a subir completamente desnuda, pero estaba vez, asaltada por el miedo, y queriendo subir los escalones de dos en dos, y viéndole yo anonadado su impresionante culo se tropezó feo y se cayó de boca.

Luego note que por suerte no se había lastimado la cara como me había parecido, pero apoyó todo su cuerpo en el ángulo de un escalón con la canalla de su pierna  y se dio un golpe dolorosísimo. Intentó no pegar el grito y soltó solo un gemido casi ahogado. Estaba desplomada completamente desnuda por la escalera mostrando su cuerpo exuberante. El alma se me fue del cuerpo, intenté ayudarla y se paró como pudo, exhibiendo su culo a los vecinos que acaban de salir, que advirtieron de nuestra presencia cuando ella se calló y gimió del dolor. Todos quedaron petrificados. 

Continuará…

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Boris Vian

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