Publicado el 26/02/2021 Por Dios

Bella y sola: Julieta, la acompañante milagrosa – Pt. 2

En la primera parte Julieta se desnudó completamente ebria en la escalera y los vecinos se encontraban a punto de atraparla infraganti y completamente expuesta; a mi se me paró no solo el corazón…

Me asomé con Julieta con una curiosidad algo terrorífica y solo uno de los hombres había puesto atención a nuestra presencia, quedó paralizado, intentó hacer caso omiso a lo que veía para no alertar a su prójimo. De todos modos se empezó a enfurecer y comenzó a caminar más rápido, nerviosamente. Los demás charlaban y jugaban muy a gusto, oía como el otro señor inadvertido que hablaba con la señora expresaba: -Allí donde queman libros, acaban por quemar también a seres humanos, como bien dijo el gigante de Hendel- mientras la mujer asentía con sumo interés y se aproximaban a la puerta de salida. Los más pequeños correteaban por delante y el que estaba enterado del escándalo se apresuró a abrir.

El vértigo nos consumía a los tres, tanto que padre de familia que nos había advertido, en Julieta que se estaba exhibiendo totalmente ante sus vecinos, que quizá vería cada mañana, ahora con su culo al aire y tetas danzando; y yo, que parecía responsable vaya a saber de que perversidad. Pero los miré y en mí mente brotó una repentina respuesta, al hombre que comentaba despreocupado pero solemne, aquella frase antes mencionada. Pensé, fue Heine y no Hendel, quien la había dicho la frase. Largué una carcajada explosiva, no había manera de seguir ocultando el éxtasis a causa de todo lo que allí ocurría y lo que me venía ocurriendo.

Estallé naturalmente a causa del ardiente y loco cóctel de sensaciones que se iban sumando vertiginosamente hacía ya varios minutos. Mi sátira risa alertó a todos de nuestra presencia, no podía creer que un pensamiento así me asaltara en ese momento, todos se dieron vuelta hacia nosotros menos el hombre que si ya se había recatado de que su joven vecina subía la escalera completamente desnuda. Cuando miré a Julieta ya se había escabullido, huyendo como un fantasma, o un preso, con sus nalgas veloces.

No podía dejar de reírme como un loco, y me apure a perseguirla. Todos quedaron sumamente afectados, mostró sus encantos ante todos por unos instantes. Nos ocultamos en el pasillo del primer piso donde si no había ninguna luz (hasta ahora). Y Julieta se acomodó en un costado en plena oscuridad a sufrir por su golpe, ahora que podía hacerlo con mayor libertad. Debía calmar mi euforia nerviosa, me correspondía ver que tanto se había lastimado.

Me enternecí hasta la pompa y no podía creer que una dama tan bella y desnuda en la oscuridad tuviese que sufrir ese dolor. Ya no quería que sufriera ningún dolor del mundo, quería darle cobija, y protegerla, y porque no privarla de la conducta loca que venía manifestando. Quería hacerla feliz, darle lo que mejor fuese para ella, debía ayudarla. La ternura puede trastornarlo a uno a veces, no se si lo saben, o al menos a mí. ¡Siempre ha sido mi talón de Aquiles! Pero no quería avergonzarla ¡basta de paternalismos! pensé, no podía permitírmelo, no sabía ni quien era. Pero, ¿y si ella me amaba? ¿Era siquiera eso posible?.

¿No lo ven? Ya había caído en el pantano de la estupidez, y no me ayudaría a escapar ni el diablo de aquel pantano, así solía ocurrirme. Se escuchó otro movimiento de cerradura, pero solo pareció sonar la puerta del vecino más próximo que tan sólo aseguraba la puerta y agregaba alguna traba.

Me acerqué a la preciosa Julieta y me agaché, acaricie su cabello y traté de inspeccionar sus piernas, ella gemía del dolor, que era pasajero y pronto se aliviaría, pero que había dejado su marca.  

Cuando calmó un poco el dolor, unos momentos más tarde, me miró con cara triple: mezcla de complicidad, terror y triunfo. Comenzó a reírse, me pidió la tanga y me preguntó que qué había pasado con su ropa. -¡¿Qué “que pasó”?!- esclamé sin levantar mucho la voz, -¡la tiraste a la plata baja!- y me reí con suma admiración, la muchacha me fascinaba.

-Ya se eso- me contestó -pero nadie la notó caer? ¿Nadie se asombro de verla tirada? ¿Nadie la agarró? ¿Cómo puede ser?-

Hacía excelentes preguntas, aunque el lugar era amplio y su ropa podría haber caído en cualquier lado.

-Es extraño- comenté -¿Pero donde vivís? ¡No nos vamos a quedar acá!-

-Podríamos- contestó, y se agachó en la misma posición que la mía, largando un pequeño grito por su pierna. Su cuerpo en esa posición se iba haciendo mas claro, su sensual silueta herida en la oscuridad iba tomando forma. Mis ojos nuevamente se acostumbraban a oscuras, comencé a contemplar sus contornos de sus curvas, expuesta en su propio edificio, a merced de ser vista en cualquier momento por mas gente.

Pero no le importaba, ¿se trataba de mí? Me abrazó, pero luego de unos momentos me empujó con una maldad inocente y caí hacia atrás, ¡eso dolió, no tengo su edad!, y se sentó arriba mío. Yo estaba completamente vestido y ella como vino al mundo, aquel contraste no solo me excitaba a mi, noté como la dejaba ardiente a ella, sus flujos corrian. Arriba mío comenzó a frotarse con mi bulto; mi pene que se había vuelto a erectar hacía ya unos momentos. Pegó a mi sus pechos y comenzó a besarme el cuello, frotándose cada vez con más vehemencia. Pronto cesó y me besó tiernamente, como deshaciéndose sobre mí, rendida. 

Nuevamente se oyó una puerta y en un instante ya estaba buscando su puerta e intentando abrirla. Salía un señor de aproximadamente 60 años, apestado de vino y de hedor. Tanteaba la pared para prender alguna luz. Yo no podía creerlo, de repente todas las luces parecían funcionar, me paré y seguí a Julieta. La luz en efecto también funcionaba y se prendió. Este hombre si vio esta vez en toda su plenitud la desnudez de su vecina con una expresión de lujuria casi aberrante; sorprendido, si, pero amortiguada la sorpresa por el sopor del vino y sus años de ebriedad. Apenas podía hablar y soltó un “¿Que haces así desnuda princesa?”. Y nos metimos ya en el departamento de Julieta.

-No puedo creer que Rubén me haya visto así, ¡nonono! Que tonta que soy, ¡dios mío!- Exclamó. Ya no le causaba ninguna gracia su atrevimiento. Hablaba como si no supiera lo que estaba haciendo. Apresuradamente me preguntó, -¡¿y la tanga?! ¿Dónde quedó la tanga?- 

-¡Pero si te la di a vos!- Respondí, ya con una confianza de como toda la vida. 

Se acercó de nuevo a la puerta de entrada y comenzó a abrirla lentamente. -No, ¡qué haces!- expresé y comencé a reírme, no podía creer el desquicio de la chica que acababa de conocer. Ella miraba suspicazmente, abría la puerta cada de vez en vez como para ir viendo mejor. Se escuchó de lejos de nuevo al vecino hablando y cerró rápido la puerta con terror. -¡Se quedó con mi tanga! ¡la puta madre! Soy una tarada!- Exclamó -¡perdonáme! No lo puedo creer- Yo no sabía qué decir. 

Perdí tu tanguita; me odias, hago todo mal- Dijo frustrada y comenzando a sollozar. -¡no, pero que decis, no pasa nada!- dije, y otra vez la ternura me dejó tonto. La abracé, ella estaba tan decepcionada de sí misma que ni me abrazó.

-Además era tuya mi vida, ¡no mía!, tuya, no tenés porque ponerte mal por eso- Acariciaba su cabeza, y decidí, al fin darle un beso. Devolverle el bellísimo beso que me dio a oscuras en el piso antes de ser interrumpidos. Pero se alejó con algo de apuro, -¡la tanguita era tuya, no mía! Es la que me enviaste- dijo, con algo de enojo o de cansancio, quizá ambas. Yo quedé confundidisimo, pero ya comenzó a hacerse más claro el lío en el que estaba metiendo.

No entendía nada de lo que pasaba hacía ya rato, y no sabía ni como empezar a aclarar el asunto. Por supuesto, no voy a mentir, estaba completamente tentado por la sensual muchacha. Sin embargo algo más me impedía preguntar que diablos sucedía y quien era ella; había algo maravilloso en ser arrastrado tan velozmente por la empinada de secuencias fogosas a las que Julieta me empujaba

Ella parecía que iba a continuar hablando sobre la tanga que había perdido, pero Interrumpió sus ideas por el dolor de la pierna a causa golpe que se había dado. La ayude a sentarse en un sillón que se encontraba próximo. Me propuse con suma firmeza a aclarar el asunto. No podía continuar con la farsa ya más tiempo, no sería justo para ella; no importaba cuanto me gustase ¡y ya bastante lejos había llevado toda la cuestión!, a pesar de haber sido yo, en cierto sentido, arrastrado por el brío de Julieta. Pero ya no había justificación.

Pronuncié las palabras me dije: -Necesito decirte algo, esto fue rarísimo y no se por donde empezar…- Ella comenzó a besarme ya no tiernamente, sino apasionada. No me permitió seguir hablando. La alejé de mi y me propuse a continuar. Se lanzó encima mío con fuerza, acribillando sin querer su rodilla sana justo abajo de mi ombligo. Me dolió bastante y puso sus tetas en mi boca agarrándose de mi hombro, mientras me desabrochaba la bragueta. 

Y aunque lo hacía con bastante habilidad no logró consumar abrirme el cierre por la posición en la que se encontraba, mientras me mordía también la oreja. Cedí, comencé a lamer sus tetas con suma golosidad, pronto se alejaron de mi y se puso en otra posición, se dispuso a lograr abrirme el cierre y sacarme el pantalón. Lo hacía con dedicación, como si no quisiese arruinarme la ropa. Yo me encontraba completamente rendido, quitó mi saco, desabrochó mi camisa y la ayude a quitármela.

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